viernes, 5 de noviembre de 2010

Miedo, parte dos.

Me miro y quiero llorar.
Sólo mirándome las muñecas quiero llorar.
Porque no son mis muñecas.
Porque están tan consumidas como toda yo.
¿Qué cojones les ha pasado a mis muñecas?
¿Por qué son tan delgadas y tan bonitas?
¿Por qué lo veo pero no lo paro?
Y sobretodo, ¿por qué no lloro entonces?
No siento nada por mí misma que me haga soltar una lágrima. Querría llorar ese poco de mí que me queda, porque quiere regresar, le gustaría seguir siendo esa adolescente no demasiado alocada, tranquila y egoísta que se divertía besando a su chico por toda la cara y que podía
controlar cuándo pactaba con Ana y cuando con Mia. Luego él la ayudaba a volver a la normalidad con uno o dos kilos de menos y su enfermedad se aparcaba unos meses a la sombra. Y así pasaban los meses. Porque siempre, gracias a él, seguía existiendo ella. Algo mas fuerte que Ana la aferraba al mundo real. Ella jamás se hubiese ido si Iván todavía estuviera tirando de ella hacia la vida, desde la puerta de salida. Tenía que estar sana para poder tener hijos con él. Para poder casarse. Para ir aquí y allá, para correr mas que él cuando jugában a dispararse colonia por todo el cuerpo.
Pero la puerta de salida ahora está cerrada. No tiene ningún lugar al que salir. Cien espejos, una cocina, un cuarto de baño, una báscula. Apáñatelas. ¡Por fin te has hecho mujer!

No hay comentarios:

Publicar un comentario